Too many requests ASCENSIÓN DEL SEÑOR

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Por extraño que nos parezca, hoy celebramos la ausencia de Jesús de nuestro mundo: si algo significa la ascensión del Señor al cielo es, en efecto, su abandono de esta tierra y la separación de cuantos, habiéndole seguido, se quedaron en ella, plantados, mirando al cielo. Que la separación física de Jesús haya llegado a ser motivo de fiesta debe hacernos reflexionar; tenemos que preguntarnos qué poderosas razones habrán llevado a la comunidad cristiana para convertir nuestra actual orfandad de Jesús en causa de alegría y centro de nuestra celebración.

¿Qué hay de agradable en saberse solos en un mundo donde cada vez está menos presente Dios?; ¿cómo sentirse a gusto con un tiempo, en el que cada día más, tantos se empeñan en darle por desaparecido? La palabra de Dios viene en nuestra ayuda y nos recuerda que, incluso si nos sentimos un tanto dejados de la mano de Dios en este mundo actual, nos quedan razones para no desesperar y, sobre todo, tenemos tareas que llevar adelante, hasta que el Señor vuelva.

Después de la resurrección Jesús se entretuvo con los suyos durante algún tiempo; lo necesitaba para convencerles de que vivía realmente; y lo aprovechó para convivir con ellos y explicarles lo que le había sucedido a la luz de las promesas de Dios; compartiendo el pan y su saber, condujo a sus discípulos a la convicción de que estaba vivo; con Jesús resucitado lograron superar sus miedos y su incertidumbre: es fácil imaginarse la alegría y el consuelo que experimentaron. Pero el entusiasmo y la euforia de contar de nuevo con su Señor les iba a durar bien poco; cuando apenas se habían acostumbrado a tenerle resucitado junto a ellos, Jesús les avisa que piensa dejarlos solos; promete que volverá, pero no dice cuando ni cómo. La alegría de tener a Jesús les duró a sus discípulos sólo unos días; su ausencia se nos ha prolongado por siglos, tantos como para que nos hayamos olvidado ya de que un día volverá: veintiun siglos son demasiado tiempo como para que sus discípulos no se sientan algo abandonados.

Por mucho que tengamos fijos nuestro ojos en el cielo - ¿quién de entre nosotros vive mirando fijamente, los ojos y el corazón, al cielo?; ¿o no es más cierto que es hacia la tierra adonde dirigimos nuestra preocupación y nuestro interés?-, no logramos atisbar en él más que nubes que nos ocultan a Dios y que entenebrecen nuestra vida de discípulos en una tierra sin Cristo a nuestro alcance. Como comunidad cristiana, seguimos viviendo la situación que inauguró la ascensión de Jesús al cielo; ¿hay en ello razones para la fiesta y, más importante aún, encontrarnos motivos para la fidelidad a Jesús?.

Ciertamente que sí; la Palabra de Dios nos ofrece dos: Jesús se ha comprometido a volver un día; “el mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”. No nos ha dejado, pues, solos; nos ha dejado su promesa de regresar del cielo; su desaparición no es, por tanto, definitiva, por más larga y penosa que se nos haga; ha empeñado su palabra y volverá: no lo hemos perdido para siempre. Saberlo comprometido con nosotros debería hacernos más confiados; tener la seguridad

de que un día volverá con nosotros debería devolvernos la paz y el gozo de sentirnos objeto de su preocupación; no va a quedarse en el cielo sin nosotros; no se sentirá a gusto con Dios, sentado a su diestra, hasta que no compartamos su triunfo; aunque se demore un poco todavía, volverá allí donde nosotros hoy moramos; ha de volver a la tierra, el lugar donde hoy nos encontramos, para poderse encontrar con nosotros el día en que vuelva al cielo.

No debemos por tanto, mantenernos en la tierra con los ojos sólo puestos en el cielo, sin interesarnos por nada de cuanto en ella acontece, como si no tuviera nada que ver ya con nuestra esperanza; si la tierra va a ser el lugar de encuentro definitivo con Cristo, todo cuanto en ella sucede nos interesa como cristianos, como discípulos que viven esperando a su Señor. De poco sirve fijar la atención en el cielo, donde hoy está Jesús resucitado, si nos desentendemos de la tierra, a donde regresará Jesús para encontrarnos un día; por desgracia el reproche que los primeros discípulos de Jesús recibieron el día de la Ascensión sigue siendo válido hoy para nosotros; seguimos ahí plantados, mirando al cielo, sin hacer nada apenas nada en la tierra por mejorarla.

No es así como se espera al Señor que ha de venir, ni es como se le echa en falta a quien nos ha dejado una tarea hasta que vuelva. Jesús no hizo sólo promesas, cuando ascendió al cielo; se comprometió en volver él y comprometió a cuantos le esperasen: ” Id y haced discípulos de todos los pueblos”. Jesús no nos dejó solos, desatendidos, porque se fuera de la tierra, sino porque nos dejó una tarea que atender: nos ha dejado el mundo por evangelizar como quehacer, nos ha mandado hacer del mundo una escuela de su voluntad y de los pueblos discípulos suyos.

Y porque hay todavía tanto que hacer, dos mil años después de su mandato, no resulta excusable seguir perdiendo el tiempo, aunque lo llenásemos mirando al cielo: fijar mente y corazón, ojos y atención, en el cielo, donde Dios está, no nos hará mejores discípulos d Jesús; debemos mirar hacia delante, a los hombres que comparten nuestra vida y la tierra, pero no comparten nuestra dicha ni nuestra fe, esos hombres que encontramos a diario y que no encuentran un sentido a su vida, esos jóvenes de los que desconfiamos sólo porque no hemos logrado obtener su confianza, esos niños a los que, además de vida y educación, hemos de dar la fe y motivos para su fidelidad a Dios.

Que la Stma. Virgen nos ayude a comprender que su Hijo tiene necesidad de cada uno de nosotros para ayudarle a la salvación de todos los hombres, y así un día podamos compartir con Él, la vida eterna. AMÉN.